Tuesday, February 20, 2024

Ella me había buscado en Google. De hecho, se había buscado a sí misma en Google, y como nos llamamos igual, fui yo la que apareció en su pantalla. Llena de curiosidad, entró a mi sitio web y leyó algunos de mis ensayos. Luego, la Jennifer Graham de Lucas, Ohio, le escribió un correo electrónico a la Jennifer Graham de Hopkinton, Massachusetts.

“Esto te va a parecer extraño”, comenzaba su correo.

Agosto estaba a punto de terminar cuando lo abrí. Sentada frente a mi escritorio, contemplaba un jardín descuidado: plantas de tomate desaliñadas con hojas amarillentas, pequeñas calabazas verdes que morirían por las heladas que se habían adelantado mucho a la temporada de Halloween. El verano se marchitaba ante mis ojos. Pero en mi bandeja de entrada, esta Jennifer estaba llena de vida. Me explicaba con alegría cómo me había encontrado y que ella también era escritora y tenía cuatro hijos, así que ¿cómo no iba a ponerse en contacto conmigo? Era divertida y autocrítica, lo escribía todo correctamente, utilizaba la puntuación adecuada y, lo más importante, no abusaba de los signos de exclamación. Adjuntó un par de columnas que había escrito para su periódico local, y me advertía: “Sí, te estoy obligando a leer mis escritos, algo que ya nunca hago. Gracias por prestar atención a mi neurosis actual”. Yo acababa de divorciarme y vivía a 1449 kilómetros de mis padres y mi mejor amiga, pasaba la mayor parte de mis días atendiendo a niños pequeños y sus necesidades. Esto fue mucho antes de que existiera la COVID-19, pero ya trabajaba desde casa en relativo aislamiento. Además, soy tímida y socialmente torpe, el tipo de persona que lleva un libro al musical del colegio para no tener que entablar conversaciones triviales durante el intermedio. Pero si me escribes algo bonito, te responderé. Hazme reír y seré tu amiga por correspondencia para siempre. Así que, por supuesto, leí sus columnas y le escribí a la otra Jennifer Graham que, a sus 51 años, era dos años mayor que yo. Le hablé de mí y le envié un ensayo que había publicado hacía poco sobre lo mucho que me había sorprendido encontrarme con una Jennifer en la sección de obituarios por primera vez, alegando que las Jennifer éramos demasiado jóvenes para esa indignidad. Las Jennifer pertenecían a las páginas de deportes, a las bodas, a la sección de negocios, tal vez a ciencia y tecnología. A las pocas horas, me contestó con una broma: “Mantengámonos al margen de los obituarios”. Y poco después, una extraña y maravillosa notificación de Facebook apareció en mi pantalla: “A Jennifer Graham le gusta Jennifer Graham”. Así comenzó una fantástica amistad propiciada por la tecnología y por unos padres que habían elegido el mismo nombre cinco décadas antes, en una época en la que tus amigas vivían en tu misma calle, o iban a tu iglesia, o se casaban con hombres que trabajaban con tu marido. Era una época en la que podías vivir toda tu vida sin encontrar a nadie con el mismo nombre completo que el tuyo, a no ser que fueras un chico que se llamaba como su padre. Internet facilita las conversaciones al liberarlas de las incómodas limitaciones de las interacciones en persona. Cuando vives a más de 1000 kilómetros de distancia, no vas a encontrarte con otros en el pasillo de los cereales o en el concierto del colegio. Puedes olvidarte de las subt…

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