Sunday, June 23, 2024

Mi marido y yo estamos pasando por un momento realmente difícil en nuestro matrimonio, y no parece haber mucha orientación sobre cómo proceder. Hace más de un año que no hablamos. Cuando los niños preguntan dónde está, no sé qué decir. He tenido que hacerme cargo de todas las tareas domésticas, además de mucho papeleo legal y financiero. He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre todas las cosas que he hecho mal, pero no puedo disculparme.

El principal problema de nuestra relación es que mi marido ya no vive. El año pasado, a los 43 años, murió de una cardiopatía no diagnosticada. He hecho muchas cosas para “mantener vivo su recuerdo”, sobre todo porque tenemos dos hijos pequeños, uno de los cuales nació después de su muerte, y ambos crecerán sin recuerdos suyos. He hecho libros de cartón con su foto, he organizado sus herramientas y materiales de arte, he enmarcado carteles de conciertos a los que asistimos. Sin embargo, es difícil saber si lo que hago es “sano”.

Todo el mundo parece estar de acuerdo en que hablar y recordar a la persona fallecida es sano y bueno. Pero en algún momento, también se supone que debes quitarte el anillo de boda y dejar de usar sus viejos suéteres en público.

Últimamente he visitado a muchos médicos, y en cada consulta me hacen un cuestionario sobre mi salud mental. Después de responder a las preguntas sobre si tengo problemas para dormir, si me siento ansiosa o lloro a menudo, quiero decirle a la persona que toma el portapapeles: pero es solo porque murió mi esposo. Sería más extraño si no lo estuviera pasando mal, ¿no?

Antes me gustaba leer consejos sobre relaciones. Mi marido y yo teníamos una buena relación, pero con sus peculiaridades, y me gustaba leer sobre los problemas y las soluciones de otras personas porque me recordaba que nadie es perfecto. Pero ahora me sorprende lo irrelevantes que son todos los consejos para mi situación actual. No se puede mejorar el sexo y la comunicación, ni repartir de manera equitativa las tareas domésticas con alguien que no está, ni aprender el lenguaje amoroso de un fantasma.

Soy consciente de que técnicamente ya no estoy casada. He marcado la casilla de “viuda” en más formularios de los que puedo contar. Pero ser viuda no se siente igual que ser soltera. Siento que sigo en una relación, sobre todo porque estoy criando a nuestros hijos. Sigo viviendo en la casa que compramos, con las decisiones que tomamos. Así que me encuentro intentando vivir mi vida de tal manera que él podría volver a entrar por la puerta en cualquier momento y todo podría volver a ser como antes.

En una de mis citas de terapia de duelo, le dije a mi terapeuta que pasaba mucho tiempo pensando en los problemas de mi matrimonio. No tenía mucho de que arrepentirme, pero había cosas que él hacía que me molestaban y de las que quería hablar con él, y me preguntaba por qué no las había hablado cuando tuve la oportunidad. También estaban todas las cosas que deseaba haber hecho, como hacer la cama antes de irme a trabajar, conducir con más seguridad y averiguar cómo funcionaba nuestro wifi, en lugar de depender de él. “¿Qué piensas de tus pensamientos?”, me preguntó mi terapeuta. “Creo que solo quiero tener una relación con él”, dije. Y entonces empecé a llorar otra vez.

Perder a tu cónyuge no es nada fácil, pero a veces me pregunto si es más difícil para nosotros porque venimos de mundos muy diferentes. Cuando nos conocimos, yo era una chica blanca y conservadora de los suburbios. No sabía vestir ni conducir en la ciudad, pero sabía mucho de música clásica y de la Biblia. Las primeras veces que Nong me pidió salir, le dije que nunca podría salir con él porque no era cristiano. Acababa de empezar a trabajar a tiempo parcial como empleado de circulación en la biblioteca donde yo era bibliotecaria infantil, y su historia sonaba increíble: había nacido en un campo de refugiados de Tailandia, lo habían corrido de la secundaria, había abandonado la escuela de arte, no tenía techo pero dormía en la sala del departamento de su tía, lo habían despedido de restaurantes y grandes almacenes, pero pensaba estudiar medicina. Iba en autobús a todas partes, conocía a la mitad de las personas sin hogar de Providence, le encantaban los cómics, la comida camboyana y el hiphop, y vestía camisetas de Def Leppard y suéteres de rombos.

Pero lo estoy haciendo parecer una caricatura. Todas esas cosas son ciertas, pero ninguna expresa lo que se sentía estar cerca de él. Al principio era callado, le gustaba hacer bromas que nadie más entendía. Siempre se ponía en último lugar y desmontaba las cosas para ver cómo funcionaban. Eran rasgos de su personalidad, pero también estrategias de supervivencia.

Pasaron años antes de que comprendiera hasta qué punto su experiencia estaba marcada por tener piel oscura, ser inmigrante, un niño que no tenía su propios materiales escolares ni su propio abrigo de invierno, un joven con capucha que caminaba de noche por los barrios de la ciudad.

Ha habido tantos momentos en el último año en los que he querido preguntarle a mi marido qué pensaba. Algunas personas han dicho que puedo saber lo que diría porque vive en mi corazón. Pero yo no lo sé. No siento su presencia, aunque a veces me lo imagino de pie en la cocina del personal, donde me saco la leche dos veces al día para nuestra hija que va a la guardería. No hay mucho en esa habitación que me distraiga de mis pensamientos sobre él. “¿Qué te parece?”, digo en voz alta, queriendo decir: ¿Qué piensas de la persona en la que me estoy convirtiendo? A veces me pongo los audífonos y escucho el pódcast de deportes que él solía escuchar mientras preparábamos la cena. Solía hacerlo en el auto, pero es peligroso llorar mientras conduces.

Algunas culturas tienen rituales en torno a la comunión con los muertos, como encender incienso o dejar comida, pero yo solo tengo una vaga idea de lo que implican. Estar en comunión con mi marido se siente a la vez como algo que necesito hacer y algo en lo que no creo.

En cierto modo, sé que debo hacer las paces con el hecho de que nuestra relación terminó. Cuando murió, busqué mensajes suyos. Volví a leer viejos mensajes de texto y correos electrónicos, estudié detenidamente sus viejos blocs de dibujo, me desplacé por las pestañas abiertas de su navegador y resistí el impulso de preguntarle a su hermano si había dicho algo sobre mí en el hospital el día que murió. Cuando adiviné la contraseña de su computadora portátil, me sentí como Indiana Jones. Pero no encontré nada que no supiera ya.

Y aunque encontrara un mensaje, ¿qué cambiaría? Debo aprender a “dejarlo ir”. Lo pongo entre comillas porque sé que son las palabras adecuadas, pero no entiendo lo que significan en realidad. Mi marido ya no está, pero yo sigo aferrándome con todas mis fuerzas. Y lo único más difícil que aguantar es soltar.

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