Thursday, May 23, 2024

Ella se ofreció a traer queso gourmet, de esos que cuestan 70 dólares el kilo. Le dije que un par de lonjas de supermercado, que cuestan la cuarta parte de ese precio, estarían bien. Cuatro días después, me dejó.

¿Fue por el queso? ¿Será que el queso representaba algo más grande, o fue solo un espectador inocente? Había pasado por demasiadas rupturas como para dejarlo pasar. Tenía que analizar el queso.

Ella y yo llevábamos saliendo cuatro meses. Si el queso hubiera sido para nuestro consumo, habría aceptado el suyo con gusto. No lo niego: ella tenía mucho mejor queso. Pero el queso no era principalmente para nosotros. Mis dos hijos venían a cenar. Son veinteañeros adultos, pero no tanto como para ser esnobs del queso. Y sentí que era mi deber paternal mantenerlo así.

Las tentaciones del materialismo están por todas partes: conviértete en experto. Exige lo mejor. Haz valer tu autoridad en cuestiones arcanas de calidad que no tienen nada que ver con la felicidad.

Mi trabajo, tal como lo veía yo, era moderar esa idea de merecerlo todo. El queso común habría estado bien. Ella ya había estado con mis hijos varias veces, así que nuestra cena no tenía el peso de las primeras impresiones. También pensé que debía ahorrarse el dinero y darse un capricho. Ambos teníamos un presupuesto limitado. Gastar 100 dólares en un queso que los milénials ingerirían como palomitas de cine me parecía un despilfarro.

Cuando me envió un mensaje días antes para decirme que estaría encantada de traer una selección de quesos de su quesería local, le escribí: “¡Gracias! Muy considerado. Pero yo me encargo del queso. No hace falta que traigas nada”.

¿Fue por el queso?”. “No exactamente”, respondió. Pero el queso había puesto de relieve un par de cosas que le habían estado rondando por la cabeza. En primer lugar, que yo privaba.¿Porque le negué el queso a mis hijos?No, porque los privé de lo que podría haber sido una experiencia mejor para ellos.

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